Mis aperos y su empleo

TM1.- Con qué materiales disfrutas más en tu trabajo y por qué?

Lo que más necesitas son ganas urgentes de pintar; y los cambios de material suelen abrirte caminos inesperados, despiertan tu curiosidad, tiran de ti. Sobre todo si pintas a tientas y te sale al revés.

Empecé con lo habitual en nuestra formación tradicional: en la Escuela el óleo y el carboncillo, que ya utilizaba desde los quince años. Aunque antes fue, por mi cuenta, la acuarela: horroroso, aún no había entendido que hay que dejarle hablar a su capricho. Lo pasaba mal; en cuanto pude convencer a la familia, me compraron la caja y me pasé al óleo.


                                                                                                   Paisaje sobre el mar, Ulía, SS
                                                                                                   Hacia los 15 años, acuarela


Desde los catorce años convivo permanentemente con cuadernos de todos los tamaños:  llevo siempre alguno en el bolso y cuando salta la liebre tomo notas: de joven no perdía comba. Al principio llevaba en el bolso  unas barritas, tipo sanguina o carbón comprimido, que lo ponían todo perdido: su polvillo, filtrado de las cajitas, resultaba feroz...  Nunca usé lápiz de grafito:  lo detestaba.  A mí me iba la mancha en plan extenso.





Café Flor, 1963-64
barra tipo pastel

       Cuando, años más tarde, empecé a viajar con mi  marido -músico: como todos sus colegas, una maleta con patas- ... incidí más aún en eso de los cuadernos y en los materiales, fáciles de llevar en la mochila, que te dejan pintar en cualquier sitio. Pasé a utilizar pastel y lápices de colores, estupendos para salas de espera, estaciones y hasta aviones. Y ahora, desde hace unos años, llevo las Neocolor de Caran D’Ache: aparentemente minas gordas como las de los lápices, acuarelables o no, que se reponen fácilmente una por una. Rotas en cachitos te permiten una amplia paleta en la más pequeña tarrina.
                                                           

                                                                                 Mis actuales cajitas de Neocolor

Bailarina con peces y detalle, 2014
Barritas Neocolor y Flashe ultramar/lija negra
  

Hacia los cuarenta años retomé la acuarela, que es como los gatos. No te empeñes en que haga esto o lo otro: puede sorprenderte con maravillas pero sólo cuando y como le da la gana. Por fin me dí cuenta de que, mientras me la tomase en serio, me estrellaba. Así que, divirtiéndome, me puse con ella a ratitos por las tardes, algunas veces estudiando las de gente que me gusta como Turner o Cézanne. Unas me salían pasables, pero en su mayoría resultaban un churro.

A finales de los años setenta, viviendo en Ottawa -donde Luis era profesor en la Universidad-, descubrí los pinceles rellenables. Me enamoré de ellos: que ni de encargo para mí. Eran ideales para los cuadernos. Entonces sólo existían los Pentel, con colores muy inestables. Pronto aprendí a desmontarlos y adaptarlos para otras tintas, nunca las chinas. Se atascaban enseguida; su única salvación era quitarles una pieza, operación que ni el famoso “bypass”. Ahora, gracias a mis desvelos, echan la tinta a borbotones y te lo ponen todo hecho un asco, pero es mejor: tu mano acaba sacándole gusto a ese estilo chorreado, y hasta es capaz de controlarlo cuando es preciso. Me hice un juego con unos veinte tonos: cada saturado con su degradado.



A menudo los llevo a exposiciones y museos: en unos te dejan pintar tranquila, como en el Palazzo Massimo alle Terme de Roma.

Ménades danzantes ¿de Pompeya? Palazzo Massimo alle terme
Pinceles rellenables con tintas Rohrer/papel chino pegado en bloc de dibujo
Pintado ante ellas hacia 2008
 
En otros te exigen un permiso, que en el Museo de Cataluña me otorgaron con gentileza: en ese momento yo exponía allí, en Casa Asia.

2005 Museo de Cataluña. Los pinceles Pentel y uno dorado de otra marca.


No te lo dan  Paul Klee de Berna, se quedan con ellos pero te prestan, mientras, un juego de barritas Caran D’Ache. Así por cierto es como las descubrí.

En los viajes me vienen de pistón. Primero en el desplazamiento –aeropuertos, estaciones y recorridos- como en prospecciones urbanas y curioseo de escaparates. Tengo un pequeño bloc dedicado a espirales y curvas en desarrollo que llené en una ida y vuelta a San Sebastián. De esos temas tan abstractos acabaron saliéndome, por sorpresa, estilizadas bailarinas caribeñas: más adelante contaré cómo.




Entrevista de Elena Solatxi. Recogida por ella al teléfono, reescrita por mí.

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